CAPÍTULO 8 - FUEGO

Se agachó para recoger un par de ramas, que unió a las que ya tenía debajo del brazo. Mao suspiró y se acercó a la zona que había habilitado para pasar la noche. Dejó las ramas en el suelo y miró hacia todas partes. Necesitaba dos piedras. Empezó a caminar a alrededor y encontró dos candidatas. Las pasó por su ropa, para limpiarlas de tierra y secar la humedad. Se puso al lado de las ramas, las ordenó y comenzó a frotar las piedras. Las chispas iluminaban su rostro, hasta que una cayó sobre las ramas y una pequeña llama emergió de esta. Comenzó a soplar y el fuego se avivó. Se echó hacia atrás y encogió sus piernas. El fuego chisporroteaba mientras Mao perdia la mirada en el. Las moscas volaban alrededor, harta del ruido que hacían, sacó la oreja envuelta en tela del bolsillo y la lanzó en la hoguera.

Buta se despertó sobresaltado. Notó un calor abrasador en una de las partes de su cabeza. Todo estaba oscuro, estaba tumbado sobre uno de sus lados. Cuando pasó un tiempo, se dio cuenta de que tenía una tela sobre sus ojos. Cuando agudizó sus oídos, escuchaba el traqueteo de las ruedas sobre un camino de piedra. Frotó su cabeza contra el suelo de madera y consiguió sacarse el trozo de tela, pero no encontró luz, era de noche. Estaba atado de pies y manos. Recordaba que había sido capturado por las ranas enemigas, pero nada más aparte de eso. Se movió a los lados, con tal de ayudarse con algo y poder soltarse, pero de repente, el carro paró en seco. Se quedó quieto, a la espera de entender que es lo que ocurría fuera. Alguien saltó al suelo y caminó por fuera, rodeando el carro. Tragó saliva y cerró sus ojos, pero nadie entró en el interior del carro. Escuchó que dos ranas hablaban en su idioma. Una mandó callar a otra. Buta agudizó su oído y trató de entender lo que ocurría. Escuchó como ambas se alejaban de la zona y aprovechó para tratar de soltarse. Palpó el suelo hasta que encontró un trozo de madera levantado. Era su oportunidad de oro. Frotó la cuerda contra este y notó como sus manos se liberaban. Notaba un escozor en sus muñecas. Alguien se acercaba, Volvió a tumbarse e hizo como que estaba atado. La tela del carro se retiró hacia un lado. La luz de luna, iluminaba a contraluz a una de las enemigas. Esta entró y Buta la miró a los ojos.

La barriga de Mao se estremeció e hizo un ruido aterrador. Llevaba un par de días sin comer. Bostezó y se echó hacia un lado, con la intención de dormir, pero un hedor hizo que sus pelos se pusieran de punta. Estaban cerca. Se levantó del suelo y se dirigió hacia el interior del bosque, dejando la hoguera encendida. Cuando miró atrás, pudo ver que había sido su día de suerte, las enemigas acababan de llegar a la zona dónde había estado. Siguió corriendo, hasta que se tropezó e hizo tanto ruido, que llamó la atención de las enemigas. En menos de lo que canta un gallo, las tuvo a su lado. Intentó moverse, pero una de ellas clavó una espada al lado de su cabeza, amenazándola para que no se moviese. Apretó sus dientes y miró de reojo. La rana se acercaba lentamente, con intención de tocar su cuerpo, enrabietada, se alzó como un resorte y dirigió su cabeza hacia atrás, golpeando la cara de la rana. Esta cayó hacia atrás, con las manos en su nariz, chorreando de sangre. Mao sacó la espada de un tirón y se puso a apuntar con ella a cada una:

     -¡Ni un paso! -gritó enfadada-

Alguien posó su mano en el hombro y la empujó hacia a un lado. Mao cayó y en el suelo, vio a una silueta de espaldas a ella. Algo cayó en el suelo. Las ranas se posaron el antebrazo en su nariz y se retiraron lentamente, hasta que no les quedó otra que huir. Esben se sacó la capucha y extendió su mano, a una desconcertada Mao. Ella se agarró, pero nada más posarse de pie, la soltó y miró con desdén:

     -Espera ¡Tú eres el que estaba con Buta! -gritó Mao- ¿Sabes dónde se encuentra?

Esben miró a Komori, que se posó en su hombro para susurrarle en el oído. El anciano asintió y entendió quién era ese tal Buta. Se cruzó de brazos:

     -Fuimos a rescatarlo -cometó Esben- pero cuando llegamos, no había ningún rastro de él. Suponemos que ha sido secuestrado.

Mao se quedó pensativa, miró hacia la zona por dónde habían huído y volteó su mirada hacia ellos. Esben observó a Komori:

     -Creo que todos estamos pensando lo mismo -murmuró Komori emprendiendo el vuelo- 

Esben pasó por delante de Mao, echando los brazos detrás de su espalda, al ver que la gata no le seguía, se paró en seco y le preguntó por qué no venía.