CAPÍTULO 5 - EL SELLO DEL REINO

    Mao se plantó delante del hostal. Tomó aire y abrió la puerta. El recepcionista, nada más verla, la reconoció, dando una cálida recibida. Ella posó la oreja, rodeada de tela sangrienta. El hombre, al ver aquello, la observó sorprendido:
 
      -¿Acabaste tú sola con él? -preguntó- es usted muy valiente.
 
Mao sintió orgullo, aunque la historia no era como la estaba haciendo ver. Tomó aire y preguntó por donde podía encontrar a Brittany, si seguía en sus aposentos. Este se rascó la cabeza y aseguró que había vuelto al reino, ya que la guerra se estaba encrudeciendo, las enemigas estaban asediando el reino humano y ya habían conseguido conquistar varias aldeas importantes. Mao recogió la oreja y dijo que no le importaba ir hacia el castillo, pero el hombre le recomendó no hacerlo, ya que podría encontrarse con el ejercito enemigo de camino. Ella le mostró la oreja:
 
      -¿Crees que cualquiera puede pararme? 
 
El recepcionista suspiró y dijo que lo esperase un momento. Se adentró en sus pequeño aposentos, al lado de la recepción. Al salir, portaba un pedazo de papel. Con cierta habilidad, fue dibujando un mapa. Cuando finalizó, lo volteó y señaló el castillo, así como el camino que debía seguir. Mao, con asombro, le preguntó cómo había aprendido a dibujar así, a lo que el hombre respondió, que antes de la guerra, se dedicaba a ello, pero que cuando estalló, pocos comerciantes se atrevían a salir a la calle, se establecieron y poca gente pedía de sus servicios, así que tuvo que reinventar el lugar dónde ambos se encontraban, en un hostal:
 
      -¿Antes era su hogar? 
 
El hombre asintió, su familia vivía allí con él, hasta que las cosas se complicaron. Ella preguntó por lo que les había pasado, pero el silencio fue la mejor respuesta. 
 
El cielo estaba oscuro. Dónde camino atrás, había un claro cielo azul, ahora solo había humo. Las aldeas asediadas, se veían a lo lejos, a ambos lados del camino, ardiendo mientras aun se seguía observando, como algún que otro humano, huía siendo perseguido por esas temibles criaturas, unas ranas de dos patas. Algunos lograban huir, pero un abanico de flechas, se cernía sobre ellos y acababan con su vida. Mao apresuró su paso, porque sería cuestión de tiempo que algún comando de estas, la asaltara. El camino se adentró en un frondoso bosque. Las ramas crujían y las hojas revoloteaban entre los troncos hasta caer al suelo. Los sonidos de la naturaleza, eran fácilmente confundibles con los de un posible enemigo, así que Mao se puso en guardia y sacó el mapa. Al atravesar aquel bosque, le quedaría poco camino para llegar hasta el castillo. 
 
El camino de madera, estaba sobre un río que rodeaba el castillo. Cuando llegó a la verja, que protegía el interior, dos soldados le cerraron el paso. Ella rebuscó entre sus bolsillos, sacando el cartel y mostrando la oreja, rodeada de la tela sangrienta. Ambos se miraron entre sí, no creían que una semihumana tan pequeña, hubiese acabado con tal animal. Ella pidió una audiencia con Brittany, ella fue la que le dio los detalles de la oferta, pero los dos se negaron rotundamente, ante la situación que se estaba viviendo. Ningún semihumano podía entrar en el interior:
 
      -No pertenezco a la misma especie -se quejó Mao- solo fui contratada y cumplí con mi trabajo, exijo mi dinero.
 
         -Lo siento señorita, pero debo informarle de que ante la inseguridad que sufrimos, solo los humanos pueden entrar para refugiarse entre las paredes de este castillo.
 
Mao suspiró. Se volteó e hizo como que se iba a marchar, pero no queria rendirse tan fácilmente. Cuando tomó la suficiente distancia, para tener una carrera fructífera, corrió hacia la verja y se encaramó a esta, escalando hasta subir a la muralla. Allí, se encontró con dos soldados, impidiendo el camino a ambos lados. Los ignoró, ya que su objetivo era otro. Se subió al muro, bajo por la verja y ya estuvo en el interior. Los soldados tocaron las trompetas, alertando de una intrusa, pero ella no hizo nada más que quedarse quieta. Brittany, desde una de las ventanas del castillo, se asomó para intentar deducir que es lo que ocurría, cuando la vio, sonrió:
 
      -Tranquilos muchachos, es una invitada especial -murmuró ella- abridle las puertas al interior y traerla a mis aposentos.
 
Los soldados se relajaron y dos de ellos, le mostraron el camino hasta la habitación. El interior de esta, era de color rosa, con muchas armas blancas en las paredes y un imponente cuadro, de la señorita Brittany, en su coronación como princesa del reino. Ella hizo una reverencia, pues no sabía quién era hasta ese entonces y entregó la oreja de Buta. Brittany la observó de cerca e hizo una pregunta:
 
      -¿No pudiste con la cabeza? -preguntó ella-
 
Mao explicó que solo portaba un cuchillo y que el hedor de la carne de cerdo, atraía a los lobos, por lo tanto corría peligro. Brittany se conformó con esa respuesta, pero tenía cierta duda. Quería obtener el sello del reino, la identificación que otorgaba su padre a la gente importante y que ese bandido, había arrebatado al jefe comerciante. Mao no entendía de lo que hablaba, solo hizo lo que le pidió en su momento:
 
      -Solo con esta oreja no me sirve -dijo la princesa comandante- necesito ese pase de oro, tráemelo y obtendrás tu recompensa.
 
La gata frunció su ceño y vio como entre sus manos, volvía a caer la oreja de Buta. Se mordió el labio y trató de aguantar la compostura, si se convertía en enemiga del reino, no viviría en paz. Hizo una reverencia y prometió devolverle lo que era suyo.