CAPÍTULO 4 - HIERBAS

      Buta miraba a los cerdos, a la cara. Mao, al ver al semihumano agachado de esa forma, le dijo que no podían seguir perdiendo el tiempo, que robara el cerdo. Este negó con la cabeza, no podía hacerlo:
 
      -¡Puede ser mi hermano! -murmuró este- 
 
      -¡Si fuese así estarías a cuatro patas! -le contestó Iguru- ¡Date prisa!
 
El cerdo semihumano, tomó aire y rodeó con sus brazos la barriga del animal. Se alzó del suelo y lo posó en su hombro, bocarriba. El pobre animal, al verse en una situación tan comprometida, empezó a gruñir y chillar, haciendo que los humanos comenzaran a salir alarmados:
 
       -¡Es el bandido! -gritó uno de ellos- ¡Si cogemos al bandido tendremos riqueza para un año!
 
Iguru emprendió el vuelo y Mao se agarró a una de las patas, para poder escapar con más facilidad. Buta huyó en dirección hacia el bosque, mientras les preguntaba dónde se encontrarían, a lo que el águila respondió que solo se preocupara en ponerse a salvo. 
 
Miró atrás y al ver que estaba en un lugar seguro, puso el cochino en el suelo y este se quedó allí, quieto. Buta, empezó a sentir miedo. Miró a su alrededor y cogió una rama con hojas. Se la acercó y le ordenó que comiese, pero el cerdo no hizo nada, solo le miraba:
 
       -Es verdad, no comemos madera -murmuró arrancando una hoja- toma, te las iré dando.
 
Le acercó su mano y el cerdo, sin pestañear, le clavó los dientes en la palma de la mano. Buta chilló de dolor, sacando su lado animal. Se zafó de la dentadura del cerdo y sacudió su mano:
 
       -¡Sé que también comemos carne! -gritó enfadado- ¡pero no la nuestra!
 
       -Deja a un cerdo con hambre al lado del cadáver de su amigo -murmuró una voz tras él- 
 
Buta se sobresaltó y de un salto, se puso de pie y en guardia. Un humano, con pelo largo y barba kilométrica, se acercaba a él. Algo comenzó a revolotear alrededor de Buta y en un acto reflejo, lo alcanzó con su mano, aplastandolo. Cuando vio lo que era, pudo ver que era un murciélago. El hombre le explicó que se trataba de Komori, que era su compañero. Buta lo soltó, diciendo que lo sentía y este voló hasta el hombro del hombre, que se presentó como Esben, un tabernero. Buta quiso saber qué hacía allí, fuera de su taberna, a lo que respondió que buscaba hierbas para hacer infusiones, que era uno de los atractivos de sus negocios. Le mostró el manojo que tenía en la mano y el cerdo suspiró, pero cuando Esben se quedó mirándolo a los ojos, dijo que sabía quién era. Se puso en alerta, pero el hombre aseguró que no le importaba sus asuntos, pero que si en algún momento, no sabía a dónde ir, que se pasara por su taberna:
 
       -¿Cómo la encontraré si no me dice dónde? -preguntó Buta-
 
       -Tranquilo, seguro que sabrás dónde -respondió Esben mientras pasaba por delante-
 
El murciélago, que estaba encima del hombro de este, le sacó la lengua. Buta frunció su ceño y de repente, escuchó como alguien le chistaba. Giró su cabeza y los vio, agazapados entre la maleza. Mao salió de ella y le preguntó por quién era aquel señor, a lo que respondió que era un tabernero, que estaba de paso buscando hierbas. Iguru se puso al lado de la gata y aseguró que estaba yendo en dirección a la aldea, pero el cerdo prefirió, por una vez en la vida, confiar en alguien que no fuera un semihumano:
 
       -Da igual -murmuró Iguru- tenemos algo que hacer.
 
Mao sacó su cuchillo y se lo entregó a Buta, para que lo mate y así tengan una prueba que entregar a la comandante. El semihumano lo tomó, caminó hacia el animal y este le miró a los ojos. Buta tragó saliva:
 
       -¿A qué esperas? -preguntó Mao- ¿Lo hago yo?
 
Buta negó con la cabeza, cogió con firmeza el cuchillo y se lo acercó a su oreja. Apretó sus dientes y se la cortó, haciendo que un chorro de sangre salpicase a Mao. Se la entregó en la mano y le dijo que se marchase ahora, que sería más creíble. La gata no entendía nada, pero Iguru le empujó para que lo hiciese. Esta se alejó de allí y ambos se quedaron a solas:
 
       -¿Qué harás con esa idea? -preguntó Iguru- no sobrevivirás como no te la trates.
 
        -Ya nada nos une así que no hace falta que te preocupes -respondió el cerdo- 
 
El aguila alzó su ceja y se puso delante del cerdo. Habían compartido momentos, le había salvado la vida, ahora podían ser compañeros de aventuras, pero Buta negó con la cabeza, era un semihumano solitario, no le gustaba la compañía. Lo apartó de su camino y se marchó.