CAPÍTULO 3 - LA CAZA

     Ni Mao ni Iguru, estaban dispuestos a dejar escapar aquella presa. Corrieron hacia ella, mientras se empujaban mutuamente. Este, no escapó, parecía paralizado, hasta que el arbusto tras de él, se movió e hizo que empezara a correr. La gata obvió aquello y salió tras este, con tanta velocidad, que acabó cayendose al suelo. Alargó su mano, pero por los pelos, pudo escapar. Golpeó el suelo y trató de echarle las culpas a Iguru, pero cuando este no le contestó, decidió mirarlo. Este se encontraba petrificado, algo lo estaba atemorizando. Cuando Mao miró en aquella dirección, pudo ver que algo de grandes dimensiones, se alzaba. Era enorme. Ambos creyeron que era un oso, así que Mao huyó de prisa e Iguru batió sus alas para emprender el vuelo. Buta salió de entre la oscuridad profunda del bosque, de nuevo volvía a sentir como todos huían de él y no entendía el por qué. El aguila lo reconoció, le preguntó si se trataba del bandido que buscaban, pero el semihumano seguía sin saber a lo que se referia. Mao escuchó la conversación de pasadas, al sacar de nuevo el cartel, miró hacia atrás y lo reconoció. Era su garantía de seguir subsistiendo. Volvió al claro del bosque y miró a Buta:

      -¿Cómo piensas darle caza? -preguntó Iguru- no parece fácil de tumbar.
 
Buta dio un paso hacia atrás. Nunca pensó que un par de semihumanos, también serían sus enemigos. Trató de echar mano hacia la espada, pero cuando fue a desenfundarla, se dio cuenta de que la había perdido mientras luchaba con unos mercenarios. Tragó saliva y alzó sus manos:
 
     -No recuerdo nada de lo que ha ocurrido, no sé porque me siguen, yo solo huí de mi aldea cuando fue atacada por el ejercito de las ranas.
 
Iguru aterrizó y se quedó mirando al semihumano. No parecía que pudiese mentir. Mao seguía sin creerle, solo quería obtener el dinero de la recompensa, pero el aguila con su ala, hizo que se callara:
 
     -¿Desde cuando te crees lo que pueden decir los humanos? -preguntó Iguru- ¿Nos olvidamos de la historia?
 
      -No fui al colegio -murmuró ella- solo quiero el dinero.
 
El aguila le espetó que se fuese a trabajar, a lo que la gata se enfureció y empezaron a discutir. Buta, confundido, preguntó si podían explicarle que es lo que había hecho mal. Los dos pararon y se miraron entre sí. Mao tomó la palabra:
 
      -Mataste a una persona importante del reino humano -respondió- también te buscan por el robo de sus pertenencias, así como huir de los soldados que quisieron darte el alto.
 
Buta se llevó la mano a la cabeza y trató de digerir dicha información. No había un recuerdo en él, nada que le diese una pista de que aquello fuese verdad. Mao, al ver que no se lo creía, alzó el cartel y se vio asi mismo dibujado en él. Se acercó, asustando a la pequeña semihumana, pero este solo le arrebató el cartel. Al leerlo, se quedó blanco. Dejó caer sus manos y el papel se deslizó hasta el suelo:
 
      -Soy un asesino… -susurró- ¿Cómo es que no me acuerdo de nada?
 
Mao se encogió de hombros, pero eso no le importaba en absoluto, quiso llevarselo consigo, pero el aguila la paró, diciendo que tenía una mejor idea. Esta le miró con desdén:
 
      -Tu quieres el dinero, él seguramente sobrevivir -explicó mirandolos a ambos- solo tenemos que buscar la forma de engañar a los humanos, hacer creer que está muerto y llevarnos el dinero.
 
Mao comenzó a negar con la cabeza. El dinero no era suficiente para repartirlo entre tres. Iguru le demostró que era imposible para ella llevar en contra de su voluntad a Buta, era demasiado grande, aunque este mismo se ofrecía a ello:
 
       -¿De verdad? -cruzó las alas- quieren tu cabeza.
 
       -Creo que me lo he pensado mejor -dijo con miedo- ¿Qué hago entonces?
 
Iguru miró a la gata, que seguía refunfuñando. Buta se puso de rodillas y comenzó a implorarle que quería vivir. La semihumana suspiró y acabó aceptando:
 
        -Ahora queda lo más importante -añadió Iguru- ¿Cómo hacemos creer que está muerto?
 
Buta miró hacia atrás, señaló y dijo que había una aldea humana cercana, con una granja de cerdos, que tenían mucho parecido a él.