CAPÍTULO 2 - LA BÚSQUEDA

Arrancó el cartel. En él había la cara de un cerdo. Estaba en búsqueda y captura desde hacía unos días. Mao, la gata semihumana, se puso la capucha para pasar desapercibida entre las personas de la aldea humana. Necesitaba comer, así que se dirigió al hostal dónde se encontraba el autor de la misión. Preguntó al recepcionista y este, cogió un gran aro de llaves, le dijo que le siguiera escaleras arriba. Se adentraron en un pasillo estrecho y caminaron hasta el fondo, que había una puerta. Este llamó un par de veces, esperó y al ver que no contestaban, metió la llave y la dejó entrar:
 
       -Los señores estarán al caer -explicó- espere un poco. 
 
Mao asintió y decidió sentarse en una silla. Se preguntó así misma, si con la recompensa que ganase, podría permitirse una habitación así durante un par de días. Se cruzó de brazos y de repente, un caballero entró en la habitación. Ella se levantó para saludar. El caballero se puso de espaldas, para dejar sus cosas en el suelo:
 
       -¿Es usted el autor de la noticia? -preguntó ella desplegando el cartel- estoy interesada.
 
El caballero, al quitarse el casco, sacudió una larga melena pelirroja. Mao se quedó muda y pidió perdón:
 
          -Obviaré la ofensa si me traes su cabeza -ordenó ella- ¿Cuál es tu nombre?
 
Mao se presentó, a lo que la mujer también lo hizo. Era la mano derecha del rey humano, se llamaba Brittany. Mao asintió, pero no era de hacer el trabajo sucio sin una motivación, así que la caballero, tomó un saco de monedas, rebuscó en él y le lanzó una de oro. Mao la cogió y la mordió. Se dejó el diente, así que era de verdad. Se la guardó en el bolsillo y se volteó mientras se ponía la capucha. Brittany aseguró que no estaría allí para siempre, que se diese prisa en su trabajo, porque se había quedado con su cara.
 
El pescador la miró de arriba a abajo. Aquella semihumana le había pedido una malla entera de sus mejores pescados. Le preguntó que es lo que le ofrecía a cambio, así que ella le mostró la moneda de oro. Este se carcajeó y dijo que se notaba que era una niña, era muy ingenua de creer que todo aquel pescado solo valía una moneda de oro. Mao frunció su ceño y se encogió de brazos. Caminó hacia el rio que había al lado de la aldea y se subió el pantalón para no mojarlo. Sacó una de sus garras y en un simple parpadeo, sacó un total de 5 peces, aun coleando, clavados en sus uñas. Salió y con total tranquilidad, siguió caminando, en dirección hacia el bosque. Se sentó en un claro, dejando los peces sobre una roca. Buscó un par de palos para poder crear una hoguera. Uno lo utilizó para clavar los peces y mientras los cocinaba, leía la información otorgada en el cartel. Era un peligroso bandido, que había matado a un jefe de los gremios humanos. Escuchó el olor del pescado cocinado, así que se lo acercó para pegarle un mordisco, pero de repente, desapareció ante sus narices. Cuando miró al cielo, vio como un pajaro de grandes dimensiones, con la comida en una de sus garras, aleteaba mientras la observaba. Mao empezó a increparle para que le devolviese lo que era suyo, comparandolo con un pollo desplumado:
 
     -Tengo nombre -dijo el aguila- soy Iguru. 
 
     -¿Y qué me importa a mí? -preguntó Mao- ¡Quiero mi comida!
 
El aguila negó con la cabeza. Se posó en una rama y con una de sus alas, tomó la comida para engullirla. La gata, enfadada, se lanzó al tronco del arbol y con sus piernas, tomó impulso para alcanzarlo. Se agarró a su garra, sorprendiendo a Iguru, que comenzó a volar y zarandear su pierna con desprecio. Mao iba de lado a lado, al punto de marearse, pero con su mano libre, se agarró con fuerza:
 
       -¡No te vas a librar tan fácil de mí! -dijo cabreada- ¡Me debes 5 peces!
 
Iguru sacudió con más fuerza y algo brillante cayó del bolsillo de Mao. Ella, al ver que la moneda de oro se escurría ante sus ojos, no tuvo otra que soltarse. Cayó de rama en rama, hasta que terminó en el suelo. Dolorida, vio como el aguila aterrizaba:
 
      -¿Así pretendes atrapar a ese cerdo bandido? -preguntó Iguru- aun te falta mucho por aprender.
 
Mao se levantó del suelo y comenzó a mirar hacia todas partes, ignorando al aguila, que seguía alardeando de lo mucho que le necesitaba, que era el cazador más hábil de los alrededores. La gata, enfadada de escucharlo alardear, le miró:
 
      -Si es así ¿Por qué me robaste el pescado? -preguntó ella- ¿No sabes pescar?
 
        -Cazar no es lo mismo que pescar -dijo en un tono refinado- aprende a diferenciar.
 
       -Ya me queda claro charlatán -se giró para seguir buscando la moneda-
 
Al dar unos cuantos pasos, la encontró y aliviada, la volvió a guardar. El estomago comenzó a rugirle. Al mirar al aguila de reojo, vio que había mucha carne, así que sacó sus garras sin que este se diese cuenta. Se volteó y corrió hacia él, con la intención de acabar con su vida, pero Iguru paró su mano con una de sus garras y la empujó, haciendo que se cayera sobre sus posaderas. Mao lo volvió a intentar, pero de repente, escucharon una sacudida de hojas. Miraron en dirección del ruido y vieron como un arbusto se sacudía. Un adorable conejo hizo aparición, mientras saboreaba una hoja. A Mao se le hizo la boca agua.