CAPÍTULO 11 - LA BATALLA

Komori sobrevolaba la zona. Buta y Mao estaban en el calor de la batalla. Iguru pasó por encima de él y el murciélago se paró en seco, manteniendo el vuelo, para ver como el águila se cernía sobre los arqueros que le apuntaban. Vio como este giraba sobre si mismo, para evitar que las flechas pudieran darle, hasta que volvió a tomar a otro y lo elevó por los aires, pero algo hizo que lo soltara antes de tiempo. Una flecha en su espalda. Iguru comenzó a perder altura y desapareció entre los arboles. Un montón de pajaros salieron espantados de la zona. El murcielago suspiró y dio la vuelta para reunirse con su compañero. Esben se encontraba agazapado. Se posó sobre su hombro:

    -Han disparado al aguila -murmuró- es cuestión de ahora o nunca.

Esben asintió y sacó de su bolsa la botella, con el repelente de ranas. Le pidió a Komori que fuera a asistir al ave herida, que él se encargaría del resto. El murciélago emprendió el vuelo y Esben salió de su escondite, con la botella en la mano y un bastón en la otra:

    -¡Malditas, aquí! -gritó mientras levantaba la botella- ¡Venid a por mí!

Todos se giraron en la misma dirección. Buta al ver a Esben, abrió sus ojos como platos. Mao intentó gritar, pero ya era demasiado tarde, una rana le atravesó por detrás con una lanza. Esben escupió un charco de sangre y los ojos se le inyectaron de ella, mientras gruñía. Con su último esfuerzo, lanzó la botella al suelo y esta se rompió en mil pedazos, haciendo que todas las ranas, retrocediesen y comenzaran a correr despavoridas. Esben cayó hacia delante, haciendo que la punta de la lanza tocara el suelo y se insertara más en su torso. Esben abrió sus ojos del dolor y poco a poco, los fue entornando hasta que el último halo fue exhalado. Buta corrió hacia el anciano, trató de echarlo hacia atrás y golpear su rostro, pero el anciano no respiraba. El cerdo comenzó a perder la cabeza y Mao, poniendose detrás de ella, puso la mano sobre su hombro:

     -No hay nada qué hacer -murmuró ella- se acabó.

     -¡Siempre hay algo que se pueda hacer! -gritó Buta-

Este se levantó y comenzó a gritar, en busca de ayuda, caminaba en línea recta, hasta que vio una figura familiar, cojeando a lo lejos. Se trataba de Iguru, cansado por la pérdida de sangre. Komori volaba por encima de este, intentando guiarlo, hasta que vio a Esben:

    -¡Esben! -gritó mientras volaba hacia el cuerpo del tabernero- 

Mao alzó sus manos y recogió al murciélago en ellas, escuchando el pequeño llanto del animal. Iguru se reunió con Buta y se cayó sobre este, casi desfallecido. Mao caminó hacia Buta:

     -Esto no puede quedarse así -bufó Mao- cojamos todo lo que queramos de su campamento y dirijámonos a una zona segura.