CAPÍTULO 10 - EL REENCUENTRO

Esben se apoyó en Mao para descansar. No paraba de jadear. La gata, acabó empujandolo mientras decía que ya estaba harta de tener que aguantarlo. El viejo cayó al suelo, desconcertado, observó a la felina. Mao apretó sus labios y se volteó, mientras seguía caminando en la dirección donde creía que habían huido. Esben se ayudó de su bastón y aminoró el paso, con tal de no cansarse. 

Mao creyó haber pasado por aquel lugar. Se paró, esperando que el viejo la alcanzase, pero pasaba el tiempo y este no daba señales de vida. Miró hacia todas partes y de repente, una espesa niebla la rodeó. Miles de voces comenzaron a asediarla. Un cansacio la golpeó. Su estomago comenzó a rugir y entendió que es lo que estaba ocurriendo, había perdido sus fuerzas al completo. Se tambaleó y se arrodilló. Posó su mano en el suelo, con tal de no perder el equilibrio y trató de volver a ponerse en pie, pero tropezó y cayó de bruces. Encogió sus dedos, arañando el suelo y movió su brazo, con tal de seguir avanzando, aunque tuviera que arrastrarse por este. Un bastón de madera le toco la cabeza:

    -¿No podía usted decir que tenía hambre? -murmuró Esben-

Mao comenzó a bufar de rabia. Quiso levantarse para atacar al viejo, pero este solo hizo un ligero movimiento y ella volvió a estamparse contra el suelo. Esben movió la cabeza de lado a lado y rebuscó en su bolsa, sacando una de las patatas que le quedaban. Se la entregó y Mao se negó a comer:

    -Bueno, como quieras -dijo mientras sacaba la piel- será mi tentempié de madrugada.

Esben se giró suavemente, la miró de reojo y empezó a llevarsela a la boca. Mao, con la boca hecha agua, notó como sus ojos se le llenaban de lágrimas y gritó que la ansiaba. El viejo sonrió y se acercó para entregarla:

     -¿Tanto te costaba pedirla? -retiró su mano tras darla- aun se nota que eres una niña pequeña.

Los ojos de Mao se inyectaron en sangre. Con la patata en la boca, sacó sus uñas, dispuesta a arañar la cara de Esben, pero Komori se entrometió, asegurando que había algo o alguien atacando el puesto de las enemigas, que podían aprovechar para infiltrarse entre el ajetreo. Esben le ofreció posarse sobre su hombro y comenzó a caminar, dejando atrás a Mao, que al terminarse la patata, recobró el sentido.

Una serie de flechas se acercaba peligrosamente. Iguru volteó y estas, pasaron silbando muy cerca de su plumaje. Al ver como se alejaban, dejó de batir sus alas para caer en picado y acercarse peligrosamente a los arqueros. Con sus garras, alcanzó a dos. Una de ellas, debido a su peso, se le escurrió de la pata, cayendo sobre una de las tiendas de campaña. El crujir de huesos, debido a la fractura de columna, se escuchó alrededor del lugar, e hizo que la otra implorase por su vida:

    -Me desequilibras -dijo Iguru con desprecio y la soltó-

Un grito desgarrador, acabó en un golpe seco, disimulado por una tela. Había tenido suerte. Iguru se lamentó de aquello y apretó su pico. Vio como de nuevo tensaban sus arcos, así que decidió perderse entre las alturas, para evitar que supiesen en todo momento cual era su posición.

Esben se intentó esconder entre unos matorrales. Mao le siguió de cerca y se quedaron atentos ante la situación. Las ranas soldado estaban alarmadas por una amenaza que ellos no podían percibir. Komori emprendió el vuelo y aseguró que iría a inspeccionar. De repente, el instinto de Mao se activó y reconoció a alguien en el cielo. Al ver a Iguru, trató de ir hacia la zona, pero Esben la tomó por la muñeca:

     -Señorita, es peligroso -le riñó-

     -Deja de tratarme como a una niña pequeña -se quejó- conozco a la amenaza, se trata de un antiguo compañero. De seguro que también está buscando a Buta.

Se zafó de Esben, que se desequilibró y cayó en el suelo. Desde ahí, vio como Mao corría hacia las tiendas de campaña. Las ranas se percataron de su presencia, comenzaron a informarse las unas a las otras y un cuerno sonó. 

Buta, en la oscuridad de la casa, trató de liberarse. Por suerte, Nikuya se había olvidado de apretarlas. Adolorido, palpó el lugar. Se encontró con manos y piernas frías, no quiso pensar demasiado en dónde se encontraba, siguió en linea recta, hasta que su cabeza se topó con algo de madera. Dirigió sus manos hacia esta y encontró una puerta, que nada más abrir, vio como una rana caía del cielo frente a él. Le entran ganas de vomitar, pero su instinto de escapar apremia, así que sale corriendo entre las tiendas de campaña:

     -¡Alto ahí! -gritó una soldado-

Esta comenzó a correr hacia él, pero algo se lo llevó, ante el asombro de Buta, que observó como sobrevolaba la zona y era lanzado contra otra parte del campamento. Se voltea y sigue su camino, con tal de huir, hasta que se topa con algo, que tira al suelo:

    -¡Mira por dónde vas! ¡Jodida rana estúpida!

Buta reconoció su voz. Se trataba de Mao, que se llevaba su mano a la cabeza, aturdida por el golpe. Cuando esta se recuperó, lo observó y se pellizcó un moflete. Al ver que le dolía, se alzó como un resorte:

    -¡Eres tú de verdad! -gritó de emoción- ¡Tú!

Buta asintió, pero no tenían tiempo que perder, la cogió como un saco de patatas y le preguntó por dónde había venido, para escapar por el mismo lugar. Esta la guió, con dificultad, le daba direcciones confusas, hasta que se vieron rodeados. Nikuya emergió de entre sus aliadas, mientras jugaba con una de sus hachas:

    -Quedate junto a mí -murmuró Buta- saldremos de esta.

    -¿Te crees que soy una doncella a la que salvar? -dijo enfadada- ¡Puedo con ellos y más!

Mao se puso en guardia, a la espera de ser atacada, pero Buta repitió lo mismo, asegurando que estaba muy cansado como para cubrirle las espaldas. La gata le miró de reojo y pudo ver su brazo, chorreando en sangre. Ante el descuido, escuchó como alguien corría hacia ella y de milagro, con sus agarras, consiguió sostener el filo de la espada enemiga. Sosteniendola con fuerza, tira de ella y hace que la enemiga se venga hacia esta. Mao le pega un cabezazo y esta se cae aturdida al suelo. Con habilidad, recoge la espada y la toma por el mango, con su palma y se la entrega a Buta, para que pueda defenderse:

    -Gana tiempo -murmuró Mao- Iguru nos ayuda desde el cielo.

     -¿Habeis venido a rescatarme? -la tomo desoncertado- ¿Cómo sabíais que estaba aquí?

     -¿Rescatarte? -alzó su ceja- lo único que quiero es que me digas dónde leches tienes el sello del reino.